La primera vez que creí morir 

Me estaba muriendo y nadie parecía darse cuenta. «¡¡Me muero joder, ayuda, que alguien me ayude, ayuda!!» gritaba mentalmente con desesperación, pero mi voz no salía.

Se quedaba dentro, muda, salvo en mi cabeza. Como si de pánico escénico se tratara.Recuerdo la primera vez que intenté hablar en público: solo era una pequeña presentación oral en primaria, pero comenzaron a sudarme las manos y latirme el corazón tan fuerte, que estoy segura de que, con la ayuda del silencio de mis labios y de su intensidad, pudieron oírlo desde la última fila. Ahí descubrí que tenía pánico escénico.Ya, en el instituto, pensé que al ser más madura podría controlarlo y apuntarme a teatro, el cual había sido una de mis grandes pasiones. Mi sueño era hacer una interpretación de Shakespeare,y, quizás con los años, mi propia obra. Porque para mí el teatro no era solo actuar. Era escribir, la ropa, el decorado, las luces, la música: lo era todo.Pero no, parecía que el pánico escénico no se iba a ir con algo tan sencillo como el tiempo. Subí las escaleras, miré a las tres o cuatro personas sentadas en las sillas de la sala y salí corriendo, después de estar lo que pareció una eternidad en silencio. Un silencio relativo, porque otra vez, mis latidos tenían vida propia. Igualmente, eso es otra historia, estaba contando la primera vez que pensé que me moría. 

Fue de repente. Aparentemente no me pasaba nada, estaba sana. Pero comencé a ahogarme. Cada respiración era un puñal, mi piel temblaba y estaba fría como un témpano de hielo; sin embargo, mi corazón, otra vez ese traidor, latía como nunca, más fuerte que en clase, más fuerte que en el escenario, incluso peor que la primera vez que hice el amor. Ese condenado hasta dolía, estaba segura de que era un infarto, me dolía el brazo izquierdo, bueno y el derecho, me dolía todo.

Estaba claro: yo también moriría de un infarto. Con la gente pasando delante de mí como si nada. La gente miraba a «la chica extraña», que estaba apoyada en una pared, sujetándose el pecho con las dos manos. Seguramente pensarán que era una yonqui, una desfasada más de la vida. Pero no podían equivocarse más: era una moribunda que apenas había vivido. Tenía 20 años, y había dejado la carrera, no la soportaba. No soportaba la presión, las clases, los compañeros, la ausencia de mi padre y la presencia de la inestable de mi madre, siempre con el «yo» en la boca, siempre con unas palabras hirientes escondidas de consejos. Se había marchado el mejor de los dos, me había traicionado muriéndose y pronto me reuniría con él.

Con mis manos temblorosas, conseguí coger el teléfono en un momento de valentía. Marqué el 061 y enseguida me respondieron;el problema era que yo seguía sin poder hablar.

—Señorita, ¿está bien? —decía mi interlocutora.
Yo seguía muda, inmóvil, con una mano en el pecho y la otra en el móvil. Mi cuerpo se iba deslizando hacia abajo por la pared, fría y rugosa. Con mucho esfuerzo, conseguí articular una palabra. —Ambulancia.
Permanecí así hasta que escuche escuché el sonido de la ambulancia, la chica había seguido al teléfono intentando tranquilizarme sin éxito.
—¿Quiere que le enviemos una ambulancia? ¿Está bien? ¿ Puede hablar? Vale, no se preocupe, mis compañeros van de camino, usted trate de respirar con normalidad —yo la escuchaba como un eco, había comenzado a llorar desesperadamente. 
—Tranquilícese. Sé que es difícil. Pero tiene que tratar de respirar más pausadamente. Inspire, expire. —La gente ya no pasaba de largo, ahora me miraban. Ya estaba totalmente en el suelo, no me importaba llevar falda, ni mi maquillaje, ni siquiera que alguien aprovechara la confusión para coger mi bolso que yacía en el suelo a unos metros de mí. Si moría, no lo necesitaría; no necesitaría a nadie ni a nada.
En las historias de caballería, el héroe rescata a la damisela en apuros en su corcel blanco. El mío, en este caso, iba en una carroza amarilla y gigante. Llevaba oxígeno y un desfibrilador para cuando mi corazón se detuviera de tanto latir. Sin avisar, brusco, duro, como mi vida.
—Tranquila, ya estamos aquí. ¿Qué le ha pasado? —Me dijeron mientras me escoltaban a la carroza. Me tomaron el pulso y me exultaron. —Vale, está teniendo una crisis de ansiedad. ¿Es alérgica a algún medicamento?
Me preguntó por mi situación, si había pasado algo que lo hubiera podido desencadenar, y yo solo pude estallar otra vez en un llanto lleno de desolación y desesperación. Ya podía ir despachando a todos los otros pacientes si quería escuchar la historia entera. Había pasado de todo: en apenas un año, mi vida se había derrumbado, destruyendo la poca cordura que podía quedarme, y estaba claro que al final yo había explotado.