Romper el circulo

—Quiero hacer una denuncia por malos tratos —dije con dificultad al policía, impasible tras el cristal. Viéndome estaba claro qué hacía ahí.

Estaba magullada, me acababa de recuperar de una paliza de muerte. El que era mi novio había intentado acabar con mi vida. Esa denuncia era un mero trámite, sabía que el hospital ante lesiones como las mías tenía la obligación de informar a la policía. No había sido la única, pero sí la peor.

La primera vez que me maltrató no fueron golpes, ni siquiera una bofetada. Comenzó mucho antes, con pequeñas cosas, poco a poco, y sin darme cuenta llegaron los golpes. Como un iceberg, del que solo ves la punta.

Al inicio todo estaba bien. Después, algo que yo hacía o decía, real o imaginario, le provocaba. Eso desencadenaba una respuesta agresiva en él. Luego se disculpaba y volvía a ser encantador y todo estaba bien. Ese círculo se repetía, hasta que al final todo eran provocaciones y respuestas. El círculo de violencia que solo termina con una muerta o huyendo.

Yo conocía las señales pero no las vi a tiempo. En ese entonces, trabajaba en una casa para mujeres maltratadas. Así que, ¿cómo iba a contar que mi novio me maltrataba, que me humillaba? Por eso callaba y callaba hasta que, un día, una de ellas volvió con su pareja, y ésta la asesinó.

Ése día tomé la decisión de dejarle y eso provocó más que nunca su ira. Así que aquí estoy, en comisaría esperando para contar una y otra vez mi historia. La de tantas otras.

Quizás este acto inspire a otras mujeres igual que la muerte de Sandra, con solo 20 años, me inspiró a mí. Con suerte alguna romperá el círculo antes de que sea tarde.